Tuesday, October 19, 2004

El fin de la secuencia

Eugenio Marconi es un hombre soltero, no conoce lo que es tener un compromiso con una mujer, a excepción de su progenitora, quien desde chico lo acostumbró a ser sumiso y eficiente, lo que continúa incluso después de la muerte de su santísima madre.
Vive en un departamento pequeño pero confortable, en su tiempo de ocio se dedica minuciosamente a recopilar fotografías (de revistas) en las que aparezcan imágenes de objetos relacionados con su trabajo. Otro de sus pasatiempos favoritos es realizar un orden exhaustivo procurando que sus libros se encuentren en orden alfabético por su título. Además de su rutinario paseo por las baldosas del piso, en el famoso juego de no pisar las líneas que las separan las unas de las otras.
Entró a trabajar como junior en una empresa, y hasta hoy continúa ejerciendo su cargo, el que no ejerce tan sólo durante su jornada laboral, sino que se extiende a las 24 horas del día. Su lema es " El cliente siempre tiene la razón".
Un día al despertar a las 6:30 a.m., abrió los ojos lentamente y notó un ambiente enrarecido, se levantó rápidamente a chequear que todo estuviese en orden, su amado orden, pero algo había cambiado dentro de él, sin darse cuenta la ubicación de sus cosas varió, la almohada celeste ya no estaba en el lado derecho de la cama sino al izquierdo, sin prestar mucha atención al detalle salió de su casa. Llegando al paradero sintió un aire frío y vio la imagen devastadora de su micro pasando y seguir sin él, aun estando impresionado alcanzó a leer la matrícula del ómnibus y tristemente comprobó que aquél si era su acostumbrado autobús. Espero 10 minutos, abordó otra micro y llegó a la oficina, corrió desesperadamente hacia el ascensor, no alcanzó a llegar, subió por las escaleras y después de un esfuerzo sobrehumano logró llegar a la hora. Agotado, recogió su trabajo y partió.
Estando en la fila de un banco, por primera vez sintió hastío y hasta repugnancia de aquella horrorosa imagen, esa hilera que parecía interminable frente a sus ojos. Comenzó a repudiar el contínuo séquito de favores que iban desde el común –"Me puede prestar un lápiz"-, que muchas veces no recuperó porque las circunstancias no le permitían claudicar en su labor. Agotado de tener que mantenerse firme en su puesto, cuidando no sólo el de él , sino el de tantos otros que ya conocían su incondicionalidad, sintió ganas de experimentar nuevas sensaciones, de pisar las líneas de las baldosas, de soltarse el botón del cuello y desde ese momento comenzó a idear el crimen perfecto.
Recordó un instante de plenitud y pureza, fue en su niñez, cuando jugaba por el parque, sin ver baldosas ni personas, era él y su mundo, sin pensar en nada, estaba feliz con su libertad. Se dio cuenta de que era eso lo que quería hacer de su vida, en adelante, quería jugar, correr, cantar y reír sin medir consecuencias, sin ver los rostros de los otros, porque estaba cansado de vivir rutinariamente, de hacer lo que siempre hacía. Dentro de su mente empezó a vislumbrarse el alma, que lo obliga a sentir y vivir plenamente, se alejó de la cola y esperó largo rato.
Había llegado la hora, rompería su esquema, fue ahí cuando todo fue claro y volvió a mirar aquella fila, calculó todo movimiento, cada paso que debía realizar.
Espero el momento adecuado, justo a las 14:00 p.m., hora de máximo lleno de un banco, la hilera había crecido, nunca había visto una tan larga.
Se encamino hacia ella, comenzó a sudar y lentamente movió su mano hacia el bolsillo y cogió ese pañuelo, blanco, único, que le había regalado su jefe en uno de esos típicos amigos secretos, sintió asco del pañuelo y lo arrojó.
Como primer arranque de su nuevo estado se limpió el sudor con la manga de su pulcra camisa blanca y en ese mismo instante todo comenzó.
Al llegar a la fila procedió con su plan, dejó el pie izquierdo atrás, flectó la rodilla derecha empujando la del individuo de adelante, apoyó su mano fuertemente sobre la espalda de esta persona, recogió su pierna izquierda y junto las dos rodillas sobre el suelo en forma paralela, resbaló su mano de la espalda de la persona y lo golpeó con el mentón. El hombre inconscientemente empujó a la señora de enfrente de él y ella al que seguía, etc.
Luego de consumado el crimen se puso de pie rápidamente y se sintió nuevamente en el parque de su infancia, libre al fin de aquella rutina, mientras toda la fila caía delante de él.

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